Actitud Positiva o Actitud Fija: tus Creencias Determinan tu Destino

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Actitud positiva o actitud fija

“Tanto si crees que puedes como si crees que no puedes, estás en lo cierto” −Henry Ford

Antes de explicar qué son la actitud positiva y la actitud fija, piensa un momento y contesta a esta pregunta:

El líder, el emprendedor, el artista, ¿nace o se hace?

¿Tú qué opinas? ¿Venimos al mundo con capacidades y talentos fijos, inamovibles, o podemos desarrollarlos a través del esfuerzo y el aprendizaje? 

No creas que es una cuestión teórica. Tu respuesta a estas preguntas puede determinar el resto de tu vida.

En nuestros primeros 25 años, nuestra personalidad, nuestras creencias y nuestras actitudes se ven moldeadas por muchos factores externos: las opiniones y las normas de nuestros padres, el sistema educativo, la relación con nuestros compañeros y amigos… 

Todo ello se combina con nuestras experiencias y con nuestra propia base genética para producir una determinada visión del mundo y de nosotros mismos.

En definitiva: llegas a la edad adulta con una percepción de ti mismo que es, en gran parte, heredada de otros.

Y esta percepción amplía o limita radicalmente tus posibilidades en la vida.

Actitud positiva o de crecimiento vs. actitud fija

  • alguien que tiene una actitud positiva o de crecimiento cree que a través del esfuerzo puede modificar sus cualidades personales y mejorar;
  • mientras que alguien con una actitud fija cree que sus capacidades son inamovibles y no pueden cambiar.

Lo interesante no es tanto la distinción en sí, sino el modo en que cada una de estas dos diferentes actitudes nos afecta en dos aspectos clave del éxito en la vida: las metas que nos fijamos, y nuestro concepto de esfuerzo.

Esfuerzo

Para la persona que tiene una actitud fija, el concepto de esfuerzo es negativo: cuanto más necesitas esforzarte en algo, más claro es que no estás dotado para ello, que te faltan las habilidades innatas necesarias para esa tarea. 

Cuando piensas así, el esfuerzo no tiene sentido: crees que, si tuvieras las capacidades necesarias, no tendrías que esforzarte.

En cambio, para las personas con una actitud positiva o de crecimiento, el esfuerzo es la herramienta por medio de la cual se desarrollan: es lo que les permite mejorar sus capacidades desde el punto de partida inicial.

Metas

Por otro lado, las personas con una actitud fija eligen sus metas en función de que les permitan demostrar su inteligencia y su habilidad ante los demás. 

Como no pueden permitirse fallos, suelen elegir objetivos y trabajos predecibles, que pueden dominar con relativa facilidad y en los que la posibilidad de error es reducida. 

En cambio, las personas con una actitud positiva hacia sus propias capacidades se permiten fijarse metas en territorios desconocidos, en los que la posibilidad de equivocarse es más probable, y donde deben aprender mediante la prueba y error continuos.

Creencias limitantes

“Tienes que hacer las cosas que crees que no eres capaz de hacer” —Eleanor Roosvelt

Esta distinción es una enorme ayuda para cuestionar las creencias limitantes que hemos ido heredando de otros.

Si creemos que esforzándonos podemos mejorar, y actuamos en consecuencia, pierde peso cualquier juicio ajeno sobre cómo somos o sobre lo que podemos o no podemos hacer.

La neuroplasticidad es un hecho científico: nuestro cerebro crece, se regenera, se adapta a nuevas circunstancias. 

Por tanto, la buena noticia es que podemos cambiar las creencias que tenemos sobre nuestras propias capacidades: es posible desarrollar una actitud positiva o de crecimiento, aunque para ello suele ser necesaria una influencia externa (como estas páginas, por ejemplo). 

Recuerda: lo que piensas sobre tus propias capacidades determina el tamaño de tus sueños. 

Y el tamaño de tus sueños determina el de tu vida. 

Actitud positiva o de crecimiento: aplicaciones prácticas

En estudios realizados en colegios de Estados Unidos se ha comprobado que es posible inculcar en niños de entornos desfavorecidos una actitud positiva sobre sus propias capacidades.

Cuando asimilan la idea de que con trabajo pueden mejorar, cambia su relación con el riesgo y con el esfuerzo, seleccionan metas más alejadas de su zona de confort, y obtienen mejores resultados académicos.

Esta idea no solo se ha aplicado con resultados espectaculares en ámbitos como la educación y el deporte: tiene también aplicación directa en el ámbito de la empresa. 

Y es que también las organizaciones pueden tener una actitud fija o una actitud de crecimiento, inspiradas por sus líderes. 

Los líderes con una actitud fija piensan que las capacidades de sus equipos son limitadas, y que existen empleados ‘superiores’ e ‘inferiores’, con talento y sin él. 

Como consecuencia natural, estos gestores no creen en la capacidad de aprendizaje de la organización y lideran de manera personalista, pidiendo a los demás que se limiten a seguir sus directrices. Se rodean de un círculo restringido de colaboradores cuya misión es hacer de correa de transmisión de sus instrucciones.

El resultado son organizaciones en las que se penaliza cualquier desviación de la norma: los equipos tienen miedo a equivocarse, sufren fugas de talento, no experimentan ni asumen riesgos, y por tanto no aprenden lo suficientemente rápido.

También las organizaciones pueden tener una actitud fija o una actitud de crecimiento, inspiradas por sus líderes.

En cambio, los líderes con una actitud positiva o de crecimiento creen que las capacidades de su organización están vivas y pueden desarrollarse.

Tienden a fomentar culturas corporativas de aprendizaje, en las que se aprecia la diversidad, fluye la información, hay margen para la experimentación, y generan por tanto un mayor nivel de compromiso entre los empleados. 

Esto les otorga una ventaja competitiva inmensa: porque en estos tiempos de cambio, el futuro pertenece a los individuos y organizaciones que no cesan de aprender. 

No dejes que tus creencias heredadas limiten tu vida

En tu vida personal, la actitud fija se traduce en ideas como estas:

  • Yo no soy bueno en los deportes.
  • La tecnología no es lo mío. 
  • No se me da bien conocer gente nueva.
  • Soy muy desorganizado, es lo que hay.
  • Me han dicho que he hecho algo mal, no tengo futuro en este trabajo.

Estas ideas pueden estar basadas en una experiencia pasada, en la opinión que otros tenían sobre ti hace años, o en hábitos que has mantenido durante mucho tiempo. 

Sea cual sea su origen, estos pensamientos te llevan a evitar nuevas experiencias en esos campos, y te hacen perder oportunidades en áreas de tu vida que podrían ser importantes para ti.

¿Qué puedes hacer?

  • Como hemos visto, tu creencia respecto a tus propias capacidades determina tu relación con el riesgo y con el esfuerzo, y por tanto influye en las metas que te fijas. Ser consciente de ello es ya un primer paso en la buena dirección.
  • Márcate metas ambiciosas, que tengan un sentido profundo para ti; y aprende por el camino sin importarte lo que piensen los demás.
  • Si eres un líder o aspiras a serlo, demuestra cada día a los demás que crees en su capacidad de mejorar: tolera el error puntual para fomentar el aprendizaje continuo.
  • En lo sucesivo, mira al fracaso con nuevos ojos: no es más que una oportunidad de aprendizaje, un “aún no” que lo deja todo abierto para progresar. 
  • Haz aquello que crees que no eres capaz de hacer. Desafía a las creencias con la acción. Si te han dicho que no eres bueno en algo que te interesa, lee sobre ello, entrénate, practica a diario. Te sorprenderá el resultado.

¿Listo para pasar al siguiente nivel?

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